El mundo de la abuela Inés
RESUMEN
He aquí la biografía de la abuela
Inés, escrita por el autor en el año 2016, donde se describe los avatares de la
vida de la protagonista y narra cómo la aventura de su vida sigue senderos
imprevistos que lleva la dirección que sopla el viento del destino y obligan a una continua toma de decisiones
sobre el incierto futuro.
Las arruguitas que se asoman en la
piel y el pelo blanco, que con una disimulada vanidad se vuelve negro con el
tinte de la peluquería, son las huellas de la vida que van dejando las tristezas
y alegrías a lo largo de los años que ahora dan paso a los frutos más
maravillosos, los nietos que se asoman al mundo.
EL MUNDO DE LA ABUELA INÉS
Desperté de repente, todavía no
amanecía, pero comenzaba a sentirse el ruido de la ciudad que rasgaba el
profundo silencio de la noche, el tiempo se preparaba para otro amanecer, otro
día más. A lo lejos se sintió el agudo y penetrante sonido de una sirena.
Encendí la lámpara de la
cabecera de mi cama y miré el reloj que apuntaba con sus agujas fluorescentes
las 5:00 AM, todavía era demasiado temprano para levantarme. El calendario
colgado en la pared me decía que era un amanecer de un día del año 2020…
Capítulo 1
Estábamos en la ventana de la habitación mirando hacia
la bulliciosa avenida, contemplábamos el tráfico de la ciudad, cuando de
repente giró su cabecita, me miró con curiosidad y tocó mi rostro con sus
manitos, entonces preguntó:
– Abuelita. ¿Por qué tienes arruguitas en tu cara?
Me sonreí, porque mi nieta tenía una expresión de
inocente curiosidad y me miraba con sus grandes ojitos negros. Con tanto esmero
que durante años he tratado de ocultar mis arrugas del rostro, pensé, y mi pequeña
niña me las destaca sin ningún tipo de discreción. Menos mal que todavía no se
ha dado cuenta que tengo las canas blancas de mi pelo pintadas de negro con el
tinte de la peluquería, ni tampoco sabe de los dolores de mis articulaciones
cuando camino.
– Son las huellas de la vida, mi cielo – le contesté
casi en susurro, como si temiese que alguien más escuchara.
Sí, es verdad, reflexioné, son las huellas de la vida
que afloran en la piel cansada con el paso de los años, mis arrugas son las
tristezas y las alegrías de mi vida, son los frutos como lo es mi hermosa niña
del alma que ahora está conmigo, son senderos que orgullosa quisiera mostrar
para que otros los puedan seguir, son semillas que el viento posiblemente hará
germinar en otros lugares.
Esto me trae el recuerdo de mi abuelita Carmen, ella
sí era viejita de verdad, pero llena de energía y sabiduría. Vivíamos con ella
y mis padres en un par de casas de campo hechas de barro y paja seca, en el
sector de Las Barrancas, a la orilla del río Hurtado, un afluente del río Limarí,
frente al caserío de Huamalata, que era apenas una hilera de pocas casas rurales
alineadas en una sola calle de tierra. Estábamos en un sitio más o menos a 6
kilómetros de la ciudad de Ovalle, la que se encuentra ubicada en el norte central
de Chile.
En una casa vivía la abuelita con sus hijos menores,
tío Lucho, tío Roberto y tía Juana, además, dos niños: Osvaldo y Alberto.
Osvaldo era hijo de la tía Juana y Alberto era un chiquillo que criaba la
abuelita y no sabía que relación había entre ellos. Después, cuando
adolescente, supe que Alberto era mi hermano mayor por parte sólo de mamá.
En la otra casa, muy cercana
a la anterior, yo vivía con mis padres, Manuel y Emma, y mis hermanos: Hilda,
la mayor de todos, y seguían después Alfonso, David, Otilia y Gabriel, menores
que yo, y de quienes tengo recuerdos muy borrosos, puesto que el tiempo los
hizo difusos. Después nacieron más hermanos menores cuando mi familia se mudó
al norte desértico del país.
A pesar de que éramos muchos hermanos y, por tal
razón, no podíamos tener atención preferencial, tuve una infancia feliz,
corriendo y saltando entre las higueras, los nogales, las parras, los perales, los
tunales y a lo largo de todo el huerto de la abuelita que lo trabajaban mis
tíos y papá. No faltaba nada, pues todo lo producía el huerto y aquello que no
se tenía a mano se conseguía en las huertas vecinas. Del mismo modo, lo nuestro
también era de los vecinos. Era un trueque implícito y nadie sacaba ventajas
del otro.
El agua se obtenía de un manantial que no estaba a
demasiada distancia de la casa. De allí se traía el agua en baldes que se
vaciaban en tambores de 200 litros, los cuales tenían una capa interior de
cemento y se mantenían envueltos con un trapo exterior que permanecía húmedo
para que el agua se conservara fresca.
La letrina era un pozo séptico que estaba ubicado algo
retirado de la casa, para evitar las moscas y el mal olor. Era un hueco pequeño
de pocos metros con una plataforma superior de madera y con un cajón que tenía
un hueco al medio. Para los niños era peligroso, porque alguien se podía caer
por el hueco en las profundidades del excremento acumulado, entonces sería un
niño de mierda. Por supuesto, de vez en cuando se le echaba cal al pozo para
neutralizar los desechos.
Allí nací, hace muchos años atrás, bajo el cuidado de
mis padres, en medio de la plácida vida del campo y con la vista hacia el extenso
paisaje del valle del río Hurtado, alejada de la ruidosa vida de la ciudad.
Nací y me crié entre las más hermosas primaveras llenas de verdor y flores de
todos los colores.
Era la regalona de mi abuelita Carmen. Ella me sentaba
en su regazo y me entrelazaba el pelo en dos largas trenzas que yo lucía
orgullosa cuando iba a la escuela. Siempre mi abuelita me dijo que era la más
inteligente de sus nietas y que debía estudiar mucho para progresar en la vida.
Ella sabía lo que decía, pues tenía muchas arruguitas en su rostro.
– Abuelita. ¿Por qué la vida deja huellas? – interrumpió
mis pensamientos mi nieta y me sacó de mi ensimismamiento
– Pues, mi niña, cuando caminas por la arena vas
dejando las huellas de tus pies. Así es la vida, es como caminar por senderos
del tiempo que van dejando trazas en las personas que te rodean, también quedan
huellas dentro de tu corazón. Algunas se borran con la brisa de los años y
otras afloran en la piel cuando llega la madurez. Otras quedan para que nunca
seamos olvidados.
¿Dije la madurez?
Quizás debí haber dicho la vejez, pues sí, así es cuando se siente el peso de los
años que obligan a detenerse por momentos, para posar la mirada en el largo
sendero de vida que se ha recorrido y reflexionar sobre las huellas que han
quedado de tanto andar. ¿Ha valido la pena llegar hasta aquí?
Recuerdo mi casita humilde de campo, veo con mi
imaginación a mi abuelita, preparando comida en la cocina de leña que emitía
bocanadas de humo blanquinegro por la chimenea del hogar, a lo lejos mi mamá
lavando ropa en la orilla de un canal del río, mi papá guardando las cosechas
en el túnel que se usaba como despensa para protegerlas de la humedad y que
había cerca de la casa, mis hermanos cazando lagartijas entremedio de las
piedras de la ladera del cerro y yo con mi muñeca de trapos en mi mundo de infantiles
fantasías. ¡Vaya, es largo el camino que he recorrido!
Era como el paraíso terrenal, del cual una vez que se
sale ya no se puede regresar. Ese era mi mundo lleno de candor, todo era de una
naturaleza sencilla e impregnada de ingenuidad. En ese mundo no había radio ni
televisión, no había luz eléctrica y se usaban velas con mucha moderación en
las noches antes de dormir. La casa sólo tenía la puerta principal de entrada,
hecha de madera, pero las habitaciones interiores tenían simplemente cortinas
que hacían la función de puertas. El piso de la casa era de tierra endurecida.
No se compraban periódicos, ni revistas, aunque a
veces traían ediciones viejas del diario “La Provincia”, que terminaban en la
letrina con las páginas recortadas en ordenadas hojas, sujetas con un clavo a
la puerta, y que se usaban como papel de baño. A veces se encontraba en casa una
que otra vieja revista Écran o El Peneca, que traía la abuelita Carmen cuando
iba caminando a Ovalle con su canasto lleno de huevos para venderlos en el
mercado municipal.
Todo era armonía en mi mundo infantil, un mundo de
mujeres, ya que mi abuelita era la jefe del núcleo familiar, después seguía mi
mamá quien, a pesar de su pequeña estatura, mandaba a mi papá. Así era, porque
mi abuelo murió cuando yo era muy pequeña y sólo me dejó un borroso recuerdo de
un hombre delgado, con facciones duras y un sombrero de campo. Lo recuerdo de
pie con las piernas separadas y un fuete en la mano dándole órdenes a mi tíos
Roberto y Lucho.
Cuando murió mi abuelo fue la única vez que recuerdo
haber tenido mucho miedo, decían que había muerto de un ataque al corazón y
todos lloraban, se persignaban y rezaban. Recuerdo que mi hermana mayor, Hilda,
nos mantuvo en casa cuando la familia se fue al cementerio para el entierro.
Todo era un silencio, no sé por qué nadie hablaba.
Sí, es verdad que la muerte del abuelo me produjo
mucho miedo, en general la muerte me produce miedo, me ocasiona una sensación
de infinito vacío y soledad. De algún modo la relacionaba con los cuentos de
“la llorona” que contaba papá, cuyos llantos en las noches oscuras hacían
temblar hasta el más valiente. Y papá sabía mucho de estas cosas, pues él se
había enfrentado incluso al Diablo mismo en varias oportunidades en la
cordillera.
Claro, papá era un hombre rudo, muy osado y aventurero,
aunque de naturaleza muy bondadosa. Varias veces fue arreando un rebaño de
cabra de decenas de animales propiedad del tío Rosario, hasta el pie de la
cordillera de los Andes, para que los animales pudieran pastar y pasar el seco
verano de nuestra localidad. Papá partía a mediados del mes de noviembre,
acompañado de varios perros arrieros, y regresaba en marzo o abril del año
siguiente, cuando se iniciaba el otoño. Menos mal, pues caso contrario seríamos
muchos hermanos más.
Cuando papá regresaba de la cordillera traía en las
alforjas de su caballo muchos quesos de cabra, eran unos exquisitos quesos
blancos y duros que el mismo preparaba de manera rudimentaria en la cordillera,
ordeñaba las cabras en una improvisada instalación para dar sombra y luego se
cortaba la leche con cuajo, para separar el suero de la leche, finalmente se
moldeaba la masa blanquecina en recipientes redondos donde se presionaba el
queso hasta que perdiera casi todo el suero y después se le ponía bastante sal
en el fondo y en la parte superior… y listo. El suero se les daba como alimento
a los perros.
Una vez papá me explicó el procedimiento para hacer
tales quesos de cabra, con la sencillez que es propia de la gente de campo. Yo
le pregunté: ¿Papá, para qué le echan sal al queso? Pues, me dijo, pa’salarlo.
Nosotros éramos gente sencilla y para nosotros el mundo funcionaba por razones
sencillas.
El tío Rosario era un hermano de papá que tenía un
terreno grande a las orillas mismas del río. Tenía una hermosa casa en la
ladera del cerro, donde vivía con su familia, más arriba de la nuestra, pero a
mamá no le gustaba que los visitáramos, porque casi siempre nos atendían sólo
en la puerta de la casa y no nos invitaban a pasar. Claro, me imagino que
éramos unos chiquillos llenos de polvo y con los zapatos embarrados que
podíamos ensuciar su pulcro hogar.
La tía Elba, esposa de tío Rosario, nos invitaba
siempre: “Aprovechen de comerse los damascos de los cochinos”, y nos ofrecía un
canasto lleno de sabrosas frutas maduras. Por supuesto que yo disfrutaba
aquellos deliciosos albaricoques, incluso guardaba otros más para llevármelos a
casa, pero nunca interpreté que la tía nos decía cerdos o cosa parecida.
– Entonces, abuelita, las huellas de la vida son como
las cosas que se aprenden en la escuela, ¿verdad? – me preguntó mi nieta.
– Cierto, mi amor. Las
cosas que se aprenden con el estudio y con la experiencia van dejando huellas
en la mente y el corazón. Muchas de esas cosas sirven y nunca se olvidan, tal
como cuando aprendiste los números, pudiste contar los objetos, o como cuando
aprendiste las letras, entonces pudiste leer muchas cosas.
Cierto, yo aprendí
muchas cosas en la escuela. Recuerdo que yo aprendí mis primeras letras en una
escuelita de Villaseca, un pequeño caserío casi a 2 kilómetros de mi casa.
Todos los días nos íbamos caminando a esa escuela un grupo de niños y niñas por
un angosto camino de tierra paralelo al río, aguas arriba, bordeando el cerro
de Barrancas. En el grupo iba Alberto, Hilda, Osvaldo y otros niños de la
localidad.
Mi tío Rosario me
regaló el primer bolso escolar, un cuaderno y una caja de 6 lápices de colores
para pintar mis garabatos. Me sentía muy orgullosa con mi nueva condición de
estudiante y mi uniforme escolar que, aunque se llenaba de polvo demasiado
rápido, era una gran distinción. Tenía quizás 6 añitos y había comenzado mi
aprendizaje formal con el silabario hispanoamericano. La primera lección de
lectura fue la pipa: pa, pe, pi, po, pu, pi - pa, pa - pa, pe - pe, pi - po, pa
– pá.
Que fascinante es el proceso de aprendizaje, pero no
tenía demasiada atención en mi hogar para estimular este proceso, ya que éramos
muchos hermanos y los más pequeños requerían más cuidado y desvelo. Además, el
trabajo de los adulos era fuerte y el quehacer de las cosas domésticas requería
mucho esfuerzo.
De hecho, había que lavar los pañales a la orilla del
río, secar la ropa al sol y planchar con planchas de carbón, había que cosechar
las verduras y cereales de la huerta, había que hacer el pan en un horno de
barro, etc. Entonces, muchas veces se dejaba sencillamente que los muchachos
anduviesen descalzos y con el trasero al aire. Claro, en esa época no se
gastaba dinero en detergentes, ni en cloro para lavar el baño, ni desodorantes
ambientales, ni spray para limpieza de vidrios, nada de eso.
Me viene al recuerdo la imagen de los “choclos”,
mazorcas de maíz, que se ponían sobre el techo de la casa para secarlos al sol.
Después había que desgranarlos para alimentar las gallinas, o bien, se molían
los granos en morteros de piedra para hacer la “chuchoca”, una harina gruesa
que se usaba para hacer sopas, guisos o para elaborar la sémola.
También se secaban al sol, en el techo de la casa, los
duraznos para hacerlos huesillos que luego se guardaban para el invierno. Se
comían los huesillos con “mote de trigo”, elaborado haciendo hervir los granos
de trigo en agua con cenizas hasta que perdiesen la cáscara, luego se mezclaba
este mote limpio con los huesillos y jugo acaramelado. Es un refresco muy
típico de Chile.
Otro refresco característico de la región, que
consumíamos con abundancia, era el “cocho”. Es una mezcla de harina tostada de
trigo con leche, o agua caliente, y algo de miel o azúcar, que puede ser muy
espesa o bastante diluida, caso en el cual se llama también “ulpo”. Yo comía
varias tazas de cocho hasta que el estómago se me ponía como una pelota dura.
– Abuela, ¿por qué tú sabes tantas cosas? – continuó
la conversación mi niña, mientras me miraba con su mirada llena de curiosidad,
sacándome de mi pensamientos.
– Estudié, igual que tú, en una escuela maravillosa, y
la vida fue enseñándome cosas interesantes en la medida que fui creciendo para
que un día te las explicara a ti. Aprendí como los alimentos provienen del
campo, se cultivan, se cosechan y se procesan para luego consumirlos y cubrir
nuestras necesidades de alimentación, para cuidar nuestra salud. Entonces tú
debes comprender que la comida es sagrada y debes comerla toda sin desperdiciar
nada, ya que es un fruto de Dios para nuestra bendición. Aprendí, mi querida
niña, que el agua hay que cuidarla, porque es un elemento muy importante para
la vida, pues sin ella se acaba todo. Te puedo contar como es la vida en el
campo, es como vivir en el paraíso del Edén, porque allí hay de todo… -
continué contándole sin haberme dado cuenta que ella se había quedado dormida,
dormía plácidamente en mis brazos mientras mi mirada se perdía en el infinito
con tantos recuerdos que se agolpaban en mi mente como si fuesen de hoy. Es mi
vida, me dije, es mi mundo.
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