sábado, 19 de octubre de 2019

Juvenal, cuando el gallo no canta


Novela: Juvenal, cuando el gallo no canta




“Juvenal, cuando el gallo no canta” es la historia novelada del tío que no alcancé a conocer, el hermano de mamá, el mayor de todos los hermanos y hermanas de una familia modesta que tenía depositada todas sus esperanzas de progreso en él que se preparaba como maestro de escuela y era un destacado ejecutante del violín. Precisamente Juvenal es un nombre que invoca los símbolos relacionados con la juventud, el romanticismo, la inocencia y la ingenuidad. Es su historia de una vida breve e intensa en la que era en aquellos tiempos la pequeña ciudad de La Serena, al norte de Chile, a comienzos del siglo XX. Este libro, basado en las propias memorias de su vida que el mismo llevaba con gran secreto, es un homenaje a quien tuvo sueños e ilusiones como cualquier persona los tiene, y es un testimonio de lo efímera que es la vida.






"JUVENAL, CUANDO EL GALLO NO CANTA"


CAPITULO  1


He despertado muy temprano, dormí con la preocupación de llegar con tiempo a la estación ferroviaria de La Serena para tomar el tren hacia Copiapó. El longitudinal parte hacia el norte a las 8 de la mañana, si no llega atrasado de su largo viaje desde Calera.

Son las 4 y media de la mañana y ya se siente el cántico de los pajarillos con su alegre despertar, es un día que transita por el clima otoñal de este año 1918, el ruiseñor canta en la cumbre del inmenso nogal, canta al amanecer que viene desde las lejanas montañas de los andes nevados.

De pronto el gallo, con pose altanera y soberbia, también anuncia el nuevo día en medio de su harén de gallinas que sólo atinan a un leve cacareo que más parece un murmullo. Mal agüero es si las gallinas cantasen, pues sería señal de mala suerte y de muerte, en tanto que el canto del gallo es símbolo de valor y abundancia.

A mí me alegra el canto del gallo, ya que su cantar matinal anuncia el fin de las juergas nocturnas, ahuyenta la muerte, nos exorciza de demonios y espíritus malignos. El canto del gallo expulsa a los diablos, brujas y duendes que abundan en la soledad de las noches. 

También el gallo es símbolo de fecundidad, en el sentido de fertilidad, de la cual está signada mi familia. De hecho somos cinco hermanos y yo soy el mayor, en orden de edad: Héctor Juvenal, Graciela, Juanita Rosa, Cristina, Hildita Hortensia y Luis Felipe.

Podríamos haber sido muchos más hermanos, pero un lóbrego día el gallo no quiso cantar, ese día una gallina con un falso cacareo lo quiso imitar, fue un triste día que no amaneció, fue un viernes 13 de Febrero de 1914 cuando mamá falleció.

Mi madrecita murió a los pocos días de haber nacido mi hermanito menor, Luis Felipe, la alegría de la llegada del bebé se ensombreció de angustia para toda la familia. Muy poco tiempo después falleció papá de tristeza y soledad.

El agudo canto del gallo me saca de mi ensimismamiento, ya llega el amanecer, me levanto de la cama y me asomo por la ventana, poco a poco se notan los comerciantes ambulantes que pregonan sus mercaderías, aumenta el tráfico de coches, carretas y carretones, se siente el galope de los caballos y su relinchar entre los gritos de la gente.

La algarabía del mercado comienza al amanecer, traen la mayor parte de las verduras, hortalizas, legumbres y frutas del valle del río Coquimbo y también de las chacras de la pampa. Además se venden gallinas, carne de vacuno, carne de chancho, pescado y muchas cosas más, todo entre una verdadera confusión de vendedores, pregoneros, compradores, cocheros, cargadores, carretoneros, caballos, burros y algunos perros que buscan algo para comer.

Las campanas de las iglesias llaman temprano a misa, tilín talán talán, campanadas de diferentes tonos, algunas cercanas, otras lejanas. La Serena es la ciudad con más iglesias en el país, con relación a la cantidad de habitantes que tiene, también tiene muchas beatas que muy temprano se dirigen a orar, caminan con pasitos lentos y leves, con su cara cubierta con un velo y el rosario entre sus dedos arrugaditos.

- Juvenal, dése prisa en arreglarse para irnos en el coche a la estación – me reclama mi abuelita Juana, mientras prepara el desayuno en la cocina.

- Sí, abuelita, casi estoy listo. No olvide darme los sándwiches de carne de gallina, los huevos cocidos duros y las manzanas para llevar en el viaje – contesté mientras me apuro en colocarme el corbatín en el cuello.

- Vaya a decirle al cochero que suba los bultos de sus cosas y que espere, dígale que nosotros ya vamos – me apura mi abuelita.

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